Jugar para no olvidar: preservar tradiciones desde el tablero

Contar historias en familia.
Escuchar leyendas al calor de una sobremesa.
Reírse de anécdotas que ya forman parte del ADN familiar.
Todo eso —que parece pequeño— es cultura. Y si no se transmite, se pierde.

En Culture Games lo tenemos claro: jugar en familia no solo entretiene, también es una de las formas más naturales de preservar tradiciones orales, costumbres y valores que nos definen como comunidad.

 

La oralidad como patrimonio

Mucho antes de que existiera internet, o incluso la imprenta, la cultura se transmitía así:
a través de la palabra.
Las canciones populares, los refranes, los mitos de cada pueblo, los relatos de abuelos a nietos…

Todo eso forma parte del patrimonio inmaterial, y aunque no se pueda tocar ni exponer en una vitrina, es tan valioso como un castillo medieval.

Pero para que no se pierda, hay que contarlo. Compartirlo. Jugarlo.

¿Y si lo jugamos?

Jugar con cartas que representan personajes reales, fiestas populares o decisiones morales del pasado es una forma poderosa de activar la memoria cultural.

En El Santo Encuentro, por ejemplo, los jugadores reviven una procesión real: con sus tensiones, valores, decisiones y elementos tradicionales.
En TRAICIÓN – El Último Voto, recreamos una conspiración medieval inspirada en hechos históricos reales, mezclada con el imaginario popular de Calatayud.

Pero lo que pasa alrededor de la mesa también importa:
las conversaciones que surgen, los recuerdos familiares, las anécdotas que alguien se anima a contar después de ver una carta que le recuerda a su infancia.

Valores que viajan de generación en generación

Cuando jugamos, los valores no se imponen, se viven.
La empatía, la memoria, la cooperación, el ingenio, el sentido del humor…
Todo eso se cultiva jugando.
Y en familia, se refuerza.

Además, el juego ofrece algo que pocas actividades logran:
tiempo compartido sin pantallas, sin prisas y con atención plena.

Jugar también es una forma de recordar

Recordar de dónde venimos, qué historias nos han construido, qué costumbres queremos conservar.
Y, quizás, reinventarlas para seguir transmitiéndolas con autenticidad.

Porque cada vez que alguien dice “esto me recuerda a lo que contaba mi abuela”…
la cultura sigue viva.

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