Entrevista exclusiva a una baraja de cartas: ‘Estoy harta de ser culpada de todo’
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“¡Claro, la baraja está trucada!”
“¡Es que tú barajeaste!”
“¡Siempre te tocan las buenas!”
Así empiezan —y acaban— muchas partidas familiares. Pero rara vez nos detenemos a pensar… ¿qué opina ella?
Sí, ella: la baraja.
La que reparte destino, genera alianzas, enemistades y discusiones épicas entre cuñados.
Hoy, en Culture Games, le damos la voz que nunca tuvo.
Y no es cualquier baraja: hablamos con una de las veteranas del catálogo, la que lleva años trabajando en El Santo Encuentro.
Ha vivido procesiones imposibles, turnos dramáticos y decisiones morales… sin que nadie le dé las gracias.
La entrevista
—Hola, ¿cómo prefieres que te llamemos?
“Puedes decirme simplemente ‘la baraja’. Total, nadie se molesta en aprender mi nombre.”
—¿Cómo llevas tu trabajo en El Santo Encuentro?
“Con dignidad. Soy la columna vertebral del juego. Sin mí no hay tensión, ni sorpresas, ni emoción. Pero cuando las cosas van mal, ¿a quién culpan? A mí, claro.”
—¿Te molesta que te acusen de estar ‘trucada’?
“¿Trucada yo? ¡Por favor! Llevo más tiempo en esa caja que el mantel del comedor. Si las cosas salen mal, es porque alguien no supo jugarme. Punto.”
—¿Qué te gustaría que los jugadores entendieran?
“Que yo no tengo favoritos. No reparto cartas con intención de fastidiar a nadie. Yo solo sigo las normas. Si tu cuñado siempre gana… tal vez deberías revisar tu estrategia, no mis cartas.”
—¿Algún recuerdo especialmente dramático?
“Una vez una familia entera me barajó con rabia y me tiró contra la pared. Luego recogieron todas mis cartas en silencio. Ganó la abuela. Nadie dijo nada.”
La importancia de cuidar a la baraja
Aunque esta entrevista sea en tono humorístico (la baraja no habla… todavía), lo cierto es que los juegos de mesa se construyen sobre estos pequeños objetos que hacen grande la experiencia.
En Culture Games, cada carta está ilustrada, pensada, equilibrada. Son más que papel: son personajes, decisiones, momentos.
Así que la próxima vez que digas “¡la baraja está maldita!”, recuerda:
quizá el problema no sea ella… sino cómo la juegas.