Cartas, dados y secretos: jugar es cosa de adultos también
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Nos han hecho creer que el juego es cosa de niños.
Que al crecer debemos cambiar cartas por reuniones, dados por facturas, y tableros por tareas pendientes.
Pero la verdad es otra:
los adultos necesitan jugar más que nadie.
Y no hablamos solo de desconectar o pasar el rato. Hablamos de necesidad emocional real.
Jugar no es evadir: es conectar
Cuando un adulto se sienta a jugar —de verdad, sin mirar el móvil— está haciendo algo poderoso:
- Está entrenando su atención plena.
- Está recuperando vínculos familiares.
- Está volviendo a escuchar, a imaginar, a elegir sin presión externa.
Y eso, en un mundo que nos pide productividad constante, es casi un acto de resistencia.
Padres, madres, adultos que se permiten jugar
En nuestras partidas de El Santo Encuentro o TRAICIÓN – El Último Voto, no son los niños los únicos que se ríen, que se frustran, que debaten.
Son los adultos los que más se sorprenden.
Porque llevaban años sin hacerlo.
Nos dicen:
—“Hacía mucho que no jugaba así.”
—“Me he sentido otra vez niño.”
—“No recordaba lo bien que se pasa cuando no hay pantallas delante.”
Y es que el juego no infantiliza.
Humaniza.
Jugar en familia, sí. Pero por los adultos también
El tiempo compartido no debería ser un “sacrificio” que los adultos hacen por sus hijos.
Debería ser un regalo que se hacen a sí mismos.
Una forma de romper la rutina, de mirar a los ojos, de reír sin guión.
Y si, además, ese juego te cuenta una historia, te conecta con tu tierra o te hace pensar...
entonces ya no es ocio:
es cultura vivida, en tiempo real.
El juego como espacio emocional adulto
Jugando también entrenamos otras cosas que como adultos a veces olvidamos:
- Escuchar sin juzgar.
- Perder sin enfadarnos.
- Tomar decisiones rápidas.
- Reírnos de nuestros errores.
Y eso también es salud mental.
También es autoestima.
También es vida.