Lo que ocurre cuando apagas el Wi-Fi durante una semana

Un conocido nuestro nos contó esto hace unas semanas, y pensamos que seria guay poder publicarlo aquí:

Día 1: Terror inicial

Domingo por la tarde. Lo dijimos en voz alta y sin vuelta atrás:
—“Esta semana… nada de pantallas.”
Mi hija miró como si hubiéramos declarado guerra. Mi pareja pensó que era broma. Mi hijo mayor preguntó si eso incluía también su smartwatch.
Spoiler: sí.

La mesa se quedó vacía y la casa… en silencio.

Día 2: Primeros síntomas de abstinencia

El lunes, nadie sabía qué hacer. Hubo paseos por el pasillo. Apertura de la nevera cada diez minutos. Gente mirando el techo.
Hasta que, sin mucha fe, alguien dijo:
—“¿Y si jugamos a ese de las cartas raras?”
Se refería a TRAICIÓN – El Último Voto.
Y ahí empezó todo.

Día 3: Se desata la épica medieval

La partida nos absorbió. Los niños discutían sobre pistas con pasión. Mi pareja se metió en el papel del traidor con una sospechosa naturalidad.
Hubo debate, risas, gritos, acusaciones...
Cuando terminó, el silencio de después fue de esos buenos: de los que indican que algo ha pasado.

Día 4: El tablero como lugar de encuentro

Seguimos con El Santo Encuentro.
Nunca pensé que organizar una procesión ficticia generara tanta tensión (y tanta risa).
Ese día, después de recoger, la abuela contó cómo eran las procesiones de verdad en su pueblo.
Fue mágico.
Nadie miró el reloj.

Día 5: La magia de repetir

Ya no pedían pantallas. Pedían revancha.
Nos inventamos normas nuevas. Jugamos con una vela encendida.
Incluso creamos un mini escape room en casa usando post-its y objetos viejos.
Había creatividad en el aire. Y conexión.

Día 6: Las conversaciones que solo surgen jugando

Hablamos de decisiones difíciles. De qué haríamos nosotros en situaciones como las del juego.
Mi hija, que siempre evade temas personales, compartió algo importante.
El juego no lo forzó. Solo lo facilitó.

Día 7: Final sin final

El domingo siguiente, alguien dijo:
—“¿Podemos hacer esto cada semana?”
Y no se refería a cortar el Wi-Fi. Se refería a jugar juntos.

No fue una semana perfecta. Hubo enfados, reglas mal entendidas, trampas disimuladas.
Pero fue una semana real.
Y esa mesa —la misma de siempre— se convirtió en nuestro lugar de encuentro.

Conclusión: No era el Wi-Fi. Éramos nosotros.

Quitar pantallas no fue la solución. El juego fue el puente.
Porque el juego une, provoca, genera historias compartidas.
Y porque cuando se juega bien, la familia también se reinicia.

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