Jugar con los abuelos: un puente entre generaciones

No hace falta una máquina del tiempo para viajar al pasado. A veces, basta con sentarse a la mesa con los abuelos y abrir una caja de cartas.

En una época donde cada generación vive en su propia burbuja digital, jugar juntos —sin pantallas de por medio— se ha convertido en un acto revolucionario. Y los juegos de mesa culturales tienen algo especial: crean puentes, despiertan recuerdos, generan conversación real.

Porque jugar con los abuelos es más que pasar el rato: es compartir mundo.

Benditas anécdotas 

Los mayores tienen historias que a veces solo necesitan una excusa para salir.
Una carta con una iglesia les recuerda un bautizo.
Una tradición festiva les conecta con cómo eran las cosas “cuando no había móviles”.
Un personaje les trae a la mente a un tío, un vecino, un amigo de infancia.

Jugar con ellos es abrir un canal para que hablen, recuerden y se sientan escuchados.

Y los peques, ¿qué ganan?

Mucho más de lo que parece. Cuando los niños y jóvenes juegan con sus abuelos:

- Aprenden desde la emoción, no desde la instrucción.

- Conectan con su historia familiar sin darse cuenta.

- Refuerzan el vínculo afectivo desde el juego, no desde la autoridad.

- Descubren una parte de su identidad que no viene en TikTok.

Es una relación que no se basa en el deber, sino en la risa compartida.

El papel de los juegos culturales

Los juegos que tienen raíz, historia o tradición son ideales para activar esta conexión.
No hace falta que los abuelos sean expertos en juegos: si reconocen algo en las cartas, si el tema les suena, si se sienten parte… el resto fluye solo.

El Santo Encuentro ha conseguido eso en muchas casas: mientras los nietos aprenden a organizar una procesión, los abuelos reviven cómo era “la de antes”.
TRAICIÓN, con su ambientación histórica, despierta ese orgullo por contarles a los más jóvenes “cómo visitaban las ruinas del castillo de Calatayud hace muchisimos años”.

Y así, sin solemnidades, se crea una historia compartida.

No hace falta hacer grandes planes. Un juego, una mesa y un rato libre son suficientes para:

- Crear recuerdos.
- Estrechar lazos.
- Validar a los mayores como parte activa de la vida familiar.

Y sobre todo, demostrar que la cultura no está en los libros polvorientos, sino en las personas que la han vivido.



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