Cómo creamos un cómic de Semana Santa en solo cuatro meses: la historia de El Santo Encuentro

Hay ideas que se trabajan durante años.

Y luego están las que te obligan a correr.

El Santo Encuentro y la Tormenta de Bárbataun pertenece un poco a los dos grupos.

Porque el cómic se desarrolló en apenas cuatro meses, pero la idea llevaba tiempo macerándose sin que nosotros mismos nos diésemos cuenta.

Todo empezó después del éxito del juego de cartas de El Santo Encuentro. El juego comenzó a llegar a cada vez más personas y ocurrió algo que nos sorprendió: la gente no solo quería jugar. También quería saber más sobre los personajes.

Quiénes eran. De dónde habían salido. Por qué eran así.

Y la verdad es que nosotros también empezábamos a hacernos esas preguntas.

Lo que hoy es un cómic español de más de 100 páginas a todo color empezó precisamente ahí: intentando descubrir qué había detrás de aquellos personajes que habíamos creado para un juego de cartas.

Pero teníamos un problema.

Queríamos que el cómic estuviera listo antes de Semana Santa.

Y el tiempo ya corría en nuestra contra.

Yo soy Marcos Ronsano, cofundador de Culture Games y creador de El Santo Encuentro, y esta es la historia de cómo acabamos llevando nuestro universo de las cartas a las viñetas.

De un juego de cartas a un cómic de Semana Santa

Cuando creamos junto con Eva El Santo Encuentro, la intención era hacer algo diferente.

Un juego divertido, rápido y con muchísimo humor que utilizase la Semana Santa como escenario. No queríamos hacer un producto para el que hiciera falta saber de cofradías, procesiones o tradiciones. Queríamos que cualquiera pudiera sentarse, jugar y pasárselo bien.

Pero cuando el juego empezó a funcionar ocurrió algo que no habíamos previsto del todo.

Los personajes empezaron a crecer.

Capirote, Vinagre, Tunicato, Martillo, Don Bendito o Doña Arreglao habían nacido inspirados en figuras y siluetas que, de una manera u otra, nos habían llamado siempre la atención.

Yo soñaba con esos personajes.

Los veía desfilando en procesiones, pero también me los imaginaba fuera de ellas. En su día a día. Hablando entre ellos. Teniendo problemas. Metiéndose en situaciones absurdas.

Y hubo una decisión aparentemente muy pequeña que lo cambió todo:

Les pusimos nombre.

En el momento en el que Capirote dejó de ser simplemente una silueta y pasó a llamarse Capirote, empezó a tener personalidad.

Lo mismo ocurrió con Vinagre, Tunicato, Martillo, Don Bendito o Doña Arreglao.

De repente tenían vida.

Y si tenían vida, también podían tener una historia.

Ahí empezó a tomar forma la idea de crear nuestro propio cómic de Semana Santa.

Nos faltaba alguien: así nació Cecé

Cuando empezamos a pensar seriamente en convertir aquello en una historia, nos dimos cuenta de que faltaba algo.

O, mejor dicho, alguien.

Teníamos personajes muy diferentes entre sí, pero necesitábamos uno que aportara un alma mucho más pasional al grupo.

Y entonces nació Cecé.

Un pequeño costalero que no había formado parte de aquel primer grupo de personajes, pero que terminó convirtiéndose en una pieza fundamental de la pandilla.

Su forma de entender lo que ocurre, su personalidad y la pasión con la que vive las cosas aportaban algo completamente distinto a la historia.

Y poco a poco dejamos de pensar simplemente en personajes.

Empezamos a pensar en una pandilla.

Capirote, Vinagre, Martillo, Tunicato y Cecé.

Ahora solo necesitábamos saber qué demonios iba a pasarles.

El vértigo de una página en blanco

Recuerdo sentarme delante de aquellas primeras páginas y no tener ni idea de cómo iba a avanzar todo.

Había personajes.

Había ideas.

Había un mundo que empezaba a aparecer.

Pero todavía no había una historia completa.

Y eso daba bastante vértigo.

Sobre todo porque el calendario tampoco ayudaba. Queríamos que el proyecto estuviera terminado antes de Semana Santa y cada semana que pasaba hacía que aquello pareciera un poco más complicado.

Había que decidir cómo hablaba cada personaje, cómo reaccionaba, qué relación tenía con los demás, qué lugares existían, cómo eran esos lugares y qué reglas tenía aquel universo.

No bastaba con escribir:

“Entran en una calle”.

Había que imaginar esa calle.

Cómo eran sus edificios. Qué había en los escaparates. Qué ambiente se respiraba. Qué veía Capirote cuando miraba hacia un lado.

Porque después otras personas tendrían que coger aquellas palabras y convertirlas en dibujos.

Y cuanto más avanzaba, más grande se hacía todo.

Durante un tiempo, El Santo Encuentro iba a ser una novela

De hecho, hubo un momento en el que ni siquiera tenía claro que aquello fuese a terminar siendo un cómic.

La forma en la que estaba escribiendo era bastante novelesca.

Había descripciones muy detalladas, diálogos, escenas y una introducción cada vez mayor a todo el universo que estábamos desarrollando.

Y llegué a plantearme seriamente otra posibilidad:

No hacer el cómic.

Dejar que aquello creciera hasta convertirse en una novela de unas 150 o 200 páginas.

La historia podía funcionar.

Pero entonces llegó Sevilla.

Un AVE, Sevilla y la Feria MARCO

En 2025 viajamos a Sevilla para participar en la Feria MARCO (la feria de Música, Arte y Cofradías).

Y me llevé la historia conmigo.

Escribí durante el viaje en AVE.

Seguí escribiendo desde la habitación donde nos alojábamos.

Escribía mientras alrededor seguíamos viviendo todo lo que supone estar en una feria.

Y ocurrió algo allí que terminó siendo bastante importante.

Conocimos a gente de Sevilla, Córdoba, Málaga y otros lugares que se acercaban, veían El Santo Encuentro y reconocían algo suyo en nuestros personajes.

Los entendían.

Les hacían gracia.

Los sentían cercanos.

Personajes que habían nacido desde nuestro pequeño rincón empezaban a funcionar a cientos de kilómetros de casa.

Y aquello me hizo cambiar de opinión.

No quería limitarme a contar cómo era Capirote.

Quería verlo.

No quería únicamente describir a Cecé.

Quería ver cómo se movía.

Quería ver a Vinagre poniendo una de sus caras.

Quería ver a los cinco juntos enfrentándose a algo enorme.

Aquellos personajes tenían que cobrar vida de una manera u otra.

Había que verlos aventurarse en la tormenta.

Y ahí tuve claro que tenía que ser un cómic.

Bárbataun: un lugar donde la Semana Santa lo es todo

A medida que la historia crecía también lo hacía Bárbataun (palabra que inventé y que nace de Barbastro, el lugar de donde procedo)

Porque nuestros personajes necesitaban un lugar al que pertenecer.

En Bárbataun, la Semana Santa no es simplemente una celebración. Forma parte del propio pueblo, de sus calles, de sus personajes y de su manera de entender el mundo.

Y precisamente cuando debería comenzar uno de los momentos más importantes del año, una enorme tormenta amenaza con echarlo todo por tierra.

En mitad del caos, nuestros cinco amigos comienzan una aventura que los llevará entre secretos, criptas olvidadas y antiguas leyendas.

Esa terminó siendo la base de El Santo Encuentro y la Tormenta de Bárbataun: misterio, amistad, fantasía, humor y Semana Santa dentro de una misma aventura.

Pero había algo que teníamos clarísimo.

No queríamos explicar la Semana Santa.

Queríamos contar una buena historia que sucediera dentro de ella.

Cuatro meses para convertir todo aquello en 108 páginas

Y entonces llegó la auténtica locura.

Había que transformar todo lo que estaba escrito en un cómic real.

Y teníamos aproximadamente cuatro meses.

Había que cerrar el guion, transformar aquellas descripciones en escenas, dibujar, trabajar el line art, colorear, corregir, preparar los archivos para imprenta y coordinar a varias personas trabajando sobre una misma historia.

Todo prácticamente a contrarreloj.

Porque aunque la historia naciera delante de mi ordenador, hacer un cómic es inevitablemente un trabajo de equipo.

La obra fue creada y escrita por mi, pero plasmada a través de mis letras por Gerald Leyva, con line art de Alejo Leonardo Toledo y Gerald Leyva, y color de Guadalupe Yalis y Gerald Leyva.

Y después de aquellos meses de trabajo ocurrió algo que al principio parecía bastante difícil de imaginar.

El cómic existía.

108 páginas.

Todo a color.

Formato 17 × 24 cm.

Impreso en España.

Y con ISBN propio: 978-84-09-82174-7.

Unos meses antes, buena parte de aquello no existía fuera de nuestra cabeza.

El reto nunca fue hacer simplemente un “cómic cofrade”

Desde el principio tuvimos claro que no queríamos que alguien tuviera que ser cofrade para disfrutar de la historia.

Quien conozca la Semana Santa encontrará referencias, situaciones y pequeños detalles que reconocerá inmediatamente.

Pero quien no conozca absolutamente nada también puede entrar en Bárbataun y entenderlo todo.

Porque antes que cualquier otra cosa queríamos hacer una aventura.

Hay tormentas.

Hay criptas.

Hay secretos.

Hay leyendas.

Hay cinco amigos metiéndose donde probablemente no deberían.

Y alrededor de todo ello está la Semana Santa.

No como una lección.

Como un mundo.

Por eso El Santo Encuentro y la Tormenta de Bárbataun es un cómic de Semana Santa, sí, pero también es un cómic español de aventuras pensado para cualquiera que quiera descubrir una historia diferente.

De personajes de cartas a una pandilla

Quizá una de las cosas más especiales de todo el proceso fue ver cómo cambiaba nuestra relación con los personajes.

Hasta entonces los conocíamos principalmente a través del juego.

Ahora sabíamos cómo hablaban.

Cómo discutían.

Qué les daba miedo.

Quién era más impulsivo.

Quién frenaba al resto.

Cómo reaccionaban cuando las cosas se complicaban.

Capirote, Vinagre, Martillo, Tunicato y Cecé dejaron definitivamente de ser personajes de unas cartas.

Se convirtieron en amigos.

Y eso también cambió nuestra forma de entender El Santo Encuentro.

Porque cuando terminamos aquellas páginas ya no teníamos solamente un juego y un cómic.

Teníamos un lugar al que volver.

El inicio del universo de El Santo Encuentro

Hoy El Santo Encuentro ha crecido alrededor de aquel primer juego de cartas con La Gran Expansión, su colección de cartas, el álbum, el cómic y nuevos proyectos que siguen desarrollando sus personajes y su mundo.

Pero La Tormenta de Bárbataun fue un punto de inflexión.

Fue cuando descubrimos que detrás de aquellas cartas había algo muchísimo más grande.

Y quizá por eso resulta tan extraño recordar cómo empezó todo.

Con un juego que funcionó mejor de lo que esperábamos.

Con gente preguntándonos quiénes eran aquellos personajes.

Con nombres que poco a poco les fueron dando personalidad.

Con un pequeño costalero llamado Cecé que apareció porque a la pandilla le faltaba algo.

Con muchas páginas en blanco.

Con bastante vértigo.

Con un manuscrito que durante un tiempo pudo terminar siendo una novela.

Y finalmente con un AVE camino de Sevilla, una Feria llena de gente que reconocía algo suyo en nuestros personajes y una decisión:

Había que verlos cobrar vida.

Cuatro meses después teníamos más de 100 páginas entre las manos.

Y, sin saberlo cuando empezamos a escribirlas, también teníamos el principio de todo un universo.


Descubre el cómic de El Santo Encuentro y la tormenta de Bárbataun aquí

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